Luz y sombra / Gonzalo Ríos

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“La luz por sí sola puede crear el efecto de espacio cerrado. Una fogata encendida en una no­che oscura forma una cueva de luz rodeada por un muro de oscuridad. Quienes están dentro del círculo de luz tienen una sensación de seguridad, como si estuviesen juntos en la misma habitación”.

Steen Eiler Rasmussen[/vc_column_text][ultimate_exp_section title=»Leer más» new_title=»Ocultar» text_color=»#dfc978″ background_color=»#ffffff» text_hovercolor=»#000000″ bghovercolor=»#ffffff» title_active=»#000000″ title_active_bg=»#ffffff» cnt_bg_color=»#ffffff» icon=»Defaults-circle» new_icon=»Defaults-circle» icon_align=»left» icon_size=»7″ icon_color=»#dfc978″ icon_hover_color=»#000000″ icon_active_color=»#000000″ extra_class=»interadar» title_alignment=»left» title_font_size=»desktop:13px;» title_line_ht=»desktop:13px;» title_margin=»margin:0px;» title_padding=»padding:0px;» desc_margin=»margin:0px;» desc_padding=»padding:0px;» font_family=»font_family:Comfortaa|font_call:Comfortaa|variant:700″ heading_style=»font-weight:700;»][vc_column_text]

Desde una fuente cósmica que asumimos perpetua, la luz solar transita distancias estelares y desciende sobre nosotros. A partir de ese descenso, somos inevitablemente condescendientes a ella, regulando toda nuestra existencia a su ley. Además de crear vida, la luz recrea nuestra percepción del mundo, haciéndonos acatar los valores que, en sus diferentes modos de manifestarse, le otorga a las cosas.

El pánico del ser humano a las tinieblas y a los abismos que se esconden en sus dominios exacerba la gratitud humana a la luz. Ninguna cultura ha sido capaz de encasillarla exclusivamente como fenómeno físico. Con mayor o menor grado, la luz solar ha sido también entendida desde la filosofía, la poética o la mística.

El temor a un dios ausente y a su silencio hacen irresistibles las metáforas de la luz como signo de su omnipresencia. La luz es siempre un recurso válido para explicar, a través de sus propiedades, la universalidad, la belleza, la claridad, lo infinito, lo verdadero, así como la contundente presencia de lo impalpable en nuestras vidas. La maravilla de la luz está tanto en sus propiedades como en nuestra capacidad hacia ellas.

Iglesia de la Luz, Tadao Ando Carlos Zevallos Velarde

La temporal ausencia de luz natural despierta en el hombre sus afanes de conquista. Transgredir los límites impuestos por la oscuridad nunca dejará de estar dentro de sus prio­ridades. Amansar el fuego para hacerlo ingresar a sus dominios fue su primer logro, luego se adiestraría en la detección y uso de materia combustible, para pasar finalmente a extraer de la electricidad formas de incandescencia. El ser humano valora la luz como sustancia prodigiosa que le brinda acceso al espacio que, desde las tinieblas, le resulta imposible habitar con plenitud.

El espacio existencial más básico debe ser, como bien lo reconoció Rasmussen, aquel que se forma en torno a una fogata, la cual se rodea de un muro de oscuridad y establece dominios. La luz es pródiga en parcelar espacios sin necesidad de hacer uso de la gravedad ni de la materia.

Gracias a la luz, la arquitectura establece las dos coordenadas desde donde adquiere consistencia: el espacio y el tiempo.

Iglesia de la Luz, Tadao Ando / Carlos Zevallos Velarde

El espacio arquitectónico se cualifica en función a las propiedades que la luz le concede con su claridad, su penumbra o su ausencia. Por otro lado, el tránsito de la luz entre las formas hace que nuestras concepciones temporales se desplieguen y lo doten de vitalidad, pero no de una vitalidad biológica y perecible, sino de aquella que se sucede de la reiteración de los infinitos ciclos cósmicos.

Casi todos los materiales con los que se erige un edificio son incapaces de emitir luz, pero sí de reflejarla bajo cualidades particulares. Una vez que la luz se cuela por los agujeros de un cobijo se dispersa en su interior todo un espectro cromático fruto de la asimilación y rechazo a la luz. Esta activación de propiedades no se quedará únicamente en la superficie de la materia, sino que abandonará sus límites físicos y esparcirá su esencia en el espacio, produciéndose veladuras superpuestas que son, finalmente, lo que condensa una atmósfera.

Al usar la arquitectura como tamiz, la luz adquiere ciudadanía, cuerpo, se solidifica, toma direcciones, se desplaza. A partir de ese estado es apta para esculpir las formas. Sus poderes harán que su incidencia no se restrinja a transar con los límites que ha tomado la materia, sino a transmutar la materia misma. La luz puede añadir peso o desconocer la gravedad de las cosas, puede dilatar así como comprimir los perfiles, es capaz de densificar o disolver cualquier elemento; y puede finalmente nutrir al mundo material con la información cósmica de su procedencia.

Biblioteca de la Universidad de Colombia, Rogelio Salmona / Carlos Zevallos Velarde

Sombra

“Eso que generalmente se llama bello no es más que una sublimación de las realidades de la vida, y así fue como nuestros antepasados, obligados a residir, lo quisieran o no, en viviendas oscuras, descubrieron un día lo bello en el seno de la sombra”.
Junichiro Tanizaki

Casi en simultáneo que la luz le regala una realidad al hombre, las sombras se la parcelan. Un justo equilibrio entre lo incorruptible y lo degradable teje en cada jornada el mundo material que el ser humano habita. La verdad no es privativa de lo iluminado; bajo las sombras se halla también un modo imprescindible de revelación. Mientras que la luz delinea los bordes de las cosas, las sombras las liberan de su continente formal y extienden su existencia al mundo de lo impalpable. Las sombras son un eco silente de la materia que reverbera en el escenario de lo inmediato que es donde proyectan su verdadero ser.

Así como reconocemos la energía que la luz emana, debemos admitir la potencia lúgubre de las sombras; en ellas está contenido no solo el vigor para expandir el borde de las cosas; están facultadas también para arrastrar en su desplazamiento al silencio de la materia inerte, a la fatiga que el tiempo acumula y a la frígida temperatura de lo inanimado. Toda sombra conduce sin prisa lo que en su momento la luz consumió, transportando ese lastre al irremediable agujero negro llamado noche.

Angkor Wat / Carlos Zevallos Velarde

En medio de esos desplazamientos, las sombras abrazan al hombre. No existe piel humana que llegue a curtirse lo suficiente como para ser indiferente al manto de misterio que repta por su cuerpo y la contagia con su oscuridad. La sombra no es un fenómeno que se limita a lo visual, su capacidad inclusiva hace que todo lo percibido se acomode a su justicia. Así, un color puede apagarse por la umbría, pero el silencio, seguramente, se potenciará.

Sin que haya técnica de por medio, el hombre encuentra bajo las sombras una buena forma de cobijo. De todos los albergues que se agenciará a lo largo de su vida, este será el más básico, pero seguramente será también el más sustancial. Para conseguirlo no requiere más que la voluntad de transgredir los bordes donde la luz revela que es también capaz de la agonía. El espacio definido por las sombras posee la tensión de lo oscilante. El modo más acertado de medir las sombras no es auscultando su variable longitud; las sombras se conocen más por sus grados de profundidad.

Casa Curutchet, Le Corbusier / Carlos Zevallos Velarde

Toda habitación termina de ser compuesta bajo las capacidades insustanciales de las sombras. Su participación en la cualificación del espacio arquitectónico resulta incuestionable. Al colarse la luz por los vanos y por cualquier tipo de ranura, tanto los elementos que contienen el espacio como los que moran en él, expulsan su realidad inmaterial y se funden en un contexto común. Las sombras nos advierten la existencia de otras maneras de trazar un límite, renovando nuestros conceptos sobre los poderes de la ambigüedad.

Las leyes de la luz están homologadas por las de las sombras, solo con ellas la realidad se comprueba a sí misma y deviene abrumadora. Si la luz es portadora de información cósmica las sombras densifican la terrestre. Las sombras llevan el signo del tiempo, del que los humanos se apoyan para determinar el inicio y el fin de todo ciclo.

El mundo puede revelarse de muy diversas formas y las sombras nos exponen las verdades que habitan en las veladuras del mundo, aquellas que no necesitan del hecho físico para concretarse, aquellas que se disgregan y se recomponen tejiendo en cada día sus alianzas con el universo, aquellas que nos regalan en un instante la imagen ingrávida que sostiene nuestra eternidad y finitud.

Casa Medialuna, Rubén Pesci / Carlos Zevallos Velarde

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  1. El presente texto pertenece a Gonzalo Ríos Vizcarra extraído del libro “Poética de un mundo habitado” y adaptado para RADAR. Las fotos son inéditas de Carlos Zeballos Velarde.

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