[vc_row height=»auto» css=».vc_custom_1525978012963{padding-top: 0px !important;}»][vc_column][vc_row_inner][vc_column_inner width=»2/3″][vc_custom_heading text=»Elogio de la metamorfosis» font_container=»tag:h2|font_size:40px|text_align:left|color:%234945dd|line_height:40px» use_theme_fonts=»yes»][vc_custom_heading text=»Procesos en Círculo» font_container=»tag:h3|font_size:18px|text_align:left|color:%23000000|line_height:20px» use_theme_fonts=»yes»][vc_custom_heading text=»Miquel Lacasta – Doctor Arquitecto – España» font_container=»tag:h4|font_size:14px|text_align:left|color:%234945dd|line_height:16px» use_theme_fonts=»yes»][vc_column_text]
Tenemos tendencia a pensar que las ideas son originales y, sin embargo, al menos las buenas ideas provienen de un proceso circular en el tiempo. La manera de aparecer en el imaginario social alrededor de la disciplina del urbanismo se debe a un proceso de metamorfosis, lejos de modelos lineales evolutivos o de modelos violentos revolucionarios. La metamorfosis, en tanto que proceso de innovación, está íntimamente ligada a la lógica de la incertidumbre, pero también a una concepción especifica de la belleza. Los procesos que se metamorfosean son sorprendentemente bellos.
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Procesos en círculo
Algunas ideas actuales que lentamente se van imponiendo en el imaginario arquitectónico contemporáneo, vienen a ser un loop de ideas anunciadas hace más de 40 años, que por alguna razón quedaron sepultadas. En muchas ocasiones, solamente hace falta echar mano de la hemeroteca para darse cuenta. Son ideas en círculo, o mejor aún, procesos circulares. Conceptos e ideas que como una noria gigante acaban volviendo a un primer plano con el paso del tiempo.
El tema de la vivienda colectiva, el aprendizaje de la arquitectura, el futuro de la supervivencia en forma de granjas urbanas, o las posiciones estructuradas en torno a la justicia social, no son ideas nuevas ni revolucionarias. Son ideas antiguas que, por condiciones políticas y sociales, vuelven a ser pertinentes. Ya lo dice la filósofa Marina Garcés, «la consistencia de una idea no se restringe al ámbito de lo lógico, de lo teórico, ni siquiera al puro ámbito del significado. Incorpora las situaciones que le dan sentido, las vivencias que, explícitamente o no, le están asociadas, los interlocutores que la acompañan, los ritmos y las tonalidades en los que se expresa, los idiomas de que se nutre y los usos que, quizás, han empezado ya a tener.
Es por eso que me figuro que las ideas viven en un loop constante, aparecen y desaparecen en el tiempo, se formulan y se reformulan en distintos momentos de la historia y, en definitiva, se reutilizan, como estamos reutilizando ideas en arquitectura hoy que, como decía, fueron discutidas también décadas atrás. Todo ello conforma una imagen circular donde las ideas se transforman en cada paso de ese proceso, se afinan y se recargan con la contingencia del momento en que vuelven a la luz. En muchos sentidos, se reconstruyen desde un proceso de metamorfosis que las llevan a una vigencia retomada.
Y es que cuando un sistema es incapaz de resolver sus problemas vitales, tiene dos maneras de operar: o bien se degrada y se desintegra o, por el contrario, es capaz de suscitar un metasistema que puede por sí mismo tratar esos problemas: es decir, se metamorfosea.
Este proceso circular se me antoja especialmente pertinente a la hora de hablar de sistemas urbanos. Y prefiero hablar de sistemas urbanos, y no de urbanismo, porque tengo la sensación de que esta apelación es, por un lado, más abierta y menos disciplinar, quizás porque la emparento con la teoría de sistemas. Y, por otro lado, porque entiendo que los sistemas urbanos no solamente tienen que ver con la formalización urbana compuesta por los vacíos y los llenos de un tejido urbano, sino porque, a mi entender, abren también la puerta al ecosistema de comportamientos y relaciones que se dan en ese mismo tejido.
La inestabilidad de los sistemas urbanos
Los sistemas urbanos tienden a corromperse hasta el límite de ser incapaces de resolver problemas fundamentales que, de quedar abiertamente sin tratar, acabarán con el sistema que los acoge. Es decir, se vuelven inestables. En estos tiempos locos, la amplificación y aceleración de los procesos que exigen una transformación efectiva y de cierta importancia para mantener un mínimo de eficiencia de los sistemas urbanos existentes se multiplican en el tiempo y en el espacio. Por tanto, parece que metamorfosearse es una habilidad a tener en cuenta.
Lo probable es la desintegración. Lo improbable, pero a la vez posible, es la metamorfosis.
La imagen que, no por evidente, resulta especialmente aleccionadora es el gusano que se encierra en una crisálida, de la que mágicamente surge una mariposa. Más allá de Kafka, que reconstruye el relato de una metamorfosis distópica e inquietante, la transformación radical que supone una metamorfosis debería ser un campo de estudio para los sistemas urbanos.
Elogio a la metamorfosis
Lejos de lo que pueda parecer, una metamorfosis no empieza con una catarsis dolorosa y rompedora. Más bien suele arrancar con un proceso simple y repetido que, llevado al extremo, acaba, ahora sí, en un punto de ruptura, en una bifurcación del sistema hacia un nuevo modo de comportamiento adaptado. No es por tanto una adaptación lenta e imperceptible en el tiempo, una especie de microtransformación diaria, sino más bien un proceso que, de la casi nada, aparece, se acelera y rompe de forma voluptuosa.
Hay algo de transformación físico-química, de surgimiento de una nueva naturaleza en la idea misma de metamorfosis.
La idea de metamorfosis me parece mucho más rica y depurada, más prometeica sin duda, que la idea de revolución. O que su contraria, la idea de evolución. La revolución siempre ha estado sedienta de sangre a lo largo de la historia. Requiere de fuerza bruta para lograr suplantar un status quo anterior que, en plena desintegración, clama un cambio radical. Por el contrario, la idea de evolución es demasiado contingente, algo que puede o no puede ocurrir. Esta me parece que es un proceso demasiado al ralentí, que opera de forma aplastante, por sofoco prolongado.
En un proceso de metamorfosis, sin embargo, todo empieza, como siempre, con una innovación, un nuevo comportamiento marginal, modesto, habitualmente invisible a sus contemporáneos. La metamorfosis no empieza a partir de una ruptura por principio, contrariamente a la revolución. Y es que en un juego de palabras a tener en cuenta, en toda evolución reside el principio de sufrimiento, pero en toda revolución reside el principio de involución. La evolución es demasiado lenta y la revolución demasiado violenta.
Hoy, que todo está por repensar, por modelar de nuevo, por transformar de forma precisa desde el mismísimo origen de su naturaleza, la metamorfosis es, o debería ser, el modelo de reinvención que los sistemas urbanos deben tener en cuenta.
Hay dos puntos que se suman a este elogio a la metamorfosis.
Las lógicas de la incertidumbre
El primero es el modelo de incertidumbre en el que nos manejamos. Si la evolución es opresiva y la revolución es reactiva, eso es porque el modelo de degradación es claro, conciso y ampliamente conocido. Sabemos el origen y, o nos adaptamos lentamente, o destruimos el origen de esa degradación.
Esta lógica directa y lineal es, en términos contemporáneos, imposible. Todo está por repensar y re-emprender.
En efecto, todo está por aprender sin que nadie sepa exactamente el qué. Esta incertidumbre global, lejos de ser tomada como el origen de la opresión, debe ser entendida como la gran oportunidad para empezar de forma, como decía, modesta, marginal, invisible e incluso dispersa, en un proceso de transformación que en muy poco tiempo se convertirá en imparable. De hecho, ya existen en todos los continentes hervideros de creatividad y multitud de iniciativas locales, que pretenden regenerar la economía, la sociedad, la política, la educación, la ética, etc. Ya existen, ya están aquí, las acciones modestas que llevan a una incipiente metamorfosis de los sistemas urbanos, convirtiéndose así en una auténtica reforma prometedora del modo de vivir.
En otras palabras, de este primer punto, resulta que la evolución siempre existe en tanto que sistema de opresión, y la revolución no puede ser inventada, porque en realidad no podemos determinar el origen de la desintegración en el que estamos inmersos. Por el contrario, la metamorfosis ya ha empezado en todos los estadios del conocimiento, en todos los estados de la materia, en todos los espacios y los tiempos.
La belleza en la metamorfosis
El otro punto está ligado a la expresión de la metamorfosis.
Es fácil asociar la idea de evolución a una cierta deformación estética. Quiero decir que la evolución opera en un tiempo infinitamente largo y va creando, mediante una opresión constante, una presión deformadora. El resultado estético de la evolución es la monstruosidad. Lo que ocurre es que como se da en una cadena especialmente larga de tiempo, ese espacio temporal nos permite acostumbrarnos a aberraciones y deformaciones evolutivas de forma que, tanto durante como al final de un proceso evolutivo, nunca expresamos horror o extrañeza ante el resultado formal de una evolución.
Imagino los innumerables estadios intermedios de la evolución entre un pez y un homínido y cada imagen fija del proceso se me antoja monstruoso y aberrante. Sin embargo, si esta transformación se da en millones de años, esas deformaciones deben aparecer como naturales o, apenas, ligeramente llamativas. En fin, los sueños de la evolución sí que producen monstruos, parafraseando a Goya, siempre que esos sueños se muestren en un espacio muy acotado de tiempo.
La estética de la revolución, sin embargo, es otra bien diferente. La revolución lleva asociada la imagen de la destrucción, la sangre y la víscera. La revolución huele a muerte y destrucción. El proceso, por ser demasiado precipitado y expeditivo, arrasa por principio sobre lo existente y necesita de un alto grado de destrucción. Por eso evocaba antes la pareja revolución/involución.
Toda revolución, precisamente por su potencial destructivo, tiene mucho de involución, de paso atrás. La revolución es por definición reaccionaria, sea justa o legítima, su proclama siempre necesita de un huésped al que destruir, de un sujeto al que aniquilar. La estética de la revolución es la estética del exceso, la estética dionisíaca, cercana a la estética diabólica del aniquilamiento y la destrucción. Es la estética de la locura.
Muy al contrario, la estética de la metamorfosis está íntimamente ligada a la experiencia perceptiva de la belleza. La metamorfosis, incluso en el momento de mayor carga catártica, viene asociada con la belleza de una nueva naturaleza, exuberante, voluptuosa, como antes apuntaba, rica, plena, amable.
La metamorfosis lleva consigo un empirismo de lo bello. Es experiencia y es expresión, es percepción y es admiración. Se puede ver, sentir, tocar. La metamorfosis es organoléptica y a la vez, es metafísica. En este sentido, hay una especie de coherencia en este razonamiento. Si para el empirismo estético, toda experiencia empieza en la vida ordinaria, la lógica de la metamorfosis coincide en este sentido como un guante de seda. En tanto que toda estructura metamórfica se desarrolla a partir de una innovación, un nuevo comportamiento marginal, modesto e invisible, su espacio natural de expresión inicial es la domesticidad, y el ámbito de lo ordinario. En este sentido, la experiencia perceptiva de la belleza no puede por tanto empezar por aquello abstracto y conceptual.
La metamorfosis empieza con una puesta de sol, a partir de una lluvia suave, debido a la fricción de las hojas mecidas por el viento. Y acaba con una resplandeciente y absolutamente nueva naturaleza.
Esa es la fuerza intrínseca de la metamorfosis, que arranca de forma suave y casi plana y acaba irradiando una belleza, que calificaría como absoluta, natural y plena.
Por eso no creo que los sistemas urbanos deban avanzar a golpe de sofocantes evoluciones, ni de agresivas revoluciones. La ciudad, como una crisálida, debe ser capaz de leer y aprender de la naturaleza, como transformarse en mariposa, y volar.
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- Garcés, Marina. (2013). Un Mundo Común. Barcelona: Bellaterra.
- Morin, Edgar., y L’Yvonnet, François. (2016). Cahier Morin. París: Editions de l’Herne.
De hecho, este texto se inspira en un escrito de Morin con el mismo título, que se encuentra en el título, al que yo llevo a mi terreno acerca de los sistemas urbanos.
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