[vc_row height=»auto» css=».vc_custom_1525978012963{padding-top: 0px !important;}»][vc_column][vc_row_inner][vc_column_inner width=»2/3″][vc_custom_heading text=»Procesocentrismo» font_container=»tag:h2|font_size:40px|text_align:left|color:%234945dd|line_height:40px» use_theme_fonts=»yes»][vc_custom_heading text=»Cuando la arquitectura es invisible para los arquitectos» font_container=»tag:h3|font_size:18px|text_align:left|color:%23000000|line_height:20px» use_theme_fonts=»yes»][vc_custom_heading text=»Fernando Meneses Carlos – Arquitecto y Filósofo – Nodolab – México» font_container=»tag:h4|font_size:14px|text_align:left|color:%234945dd|line_height:16px» use_theme_fonts=»yes»][vc_column_text]
Partiendo de una percepción de subconjuntos culturales, donde se expone que la arquitectura pasa desapercibida por los habitantes, se analizará desde el punto de vista filosófico, realizando aproximaciones ontológicas, epistemológicas y fenomenológicas, para proponer una tesis donde se denuncia que la arquitectura también pasa desapercibida por el arquitecto. En este marco teórico, entre el debate de lo unívoco, lo equívoco y lo análogo, se expone que el proceso, y todos los sistemas normalizadores en general, pueden ser una trampa o peligro intelectual al momento de enfrentar el fenómeno de diseñar un espacio habitable.
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Al final, se trata de pensar qué tan conscientes somos de la aportación o limitación de los cánones actuales del diseño y la arquitectura. Hoy en día existe una sensación que probablemente existió en todos los tiempos, pero que en la actualidad nos toca padecerla, entenderla e intentar respondérnosla. Este proceso, fuera de la arquitectura, e incluso en nosotros mismos como personas, representa una crisis existencial (Grossmann, 2007) que enfrentar, pero no con la intención de negar y deslegitimar todo, sino con la intención de dudar de todo. Ello hará posible realmente tener conciencia de lo que sabemos y creemos, dejando así como denuncia que somos víctimas de lo que en este discurso llamamos procesocentrismo.
Procesocentrismo
En una cena muy especial, con grandes y queridas personas, y en medio de un diálogo sobre lo raro que es un arquitecto, surgió un comentario muy interesante que me dejaría pensando por muchas semanas y, que después, terminaría en una investigación filosófica muy interesante y extensa de la cual presentaremos aquí algunas ideas con la intención de exponer esta tesis como una invitación o un inicio de un diálogo abierto y mayor sobre lo que ahora identificamos como procesocentrismo.
La referida historia consiste en un comentario muy honesto entre tres amigas que se conocen desde hace mucho tiempo, incluso, desde antes de que una de ellas comenzara a estudiar arquitectura; y del cómo cuando alguien estudia arquitectura, así como cualquier otra profesión, resulta que se inicia en una especie de subgrupo cultural, desde donde se comienzan a ver cosas que antes ni siquiera existían en nuestro repertorio de percepción. El comentario fue el siguiente: «eres tan rara, que cuando vamos contigo, de repente te detienes y dices, miren esta fachada, miren este edificio, edificios y fachadas que nadie había mirado o de los que ni nos habíamos enterado de que existían. Sí que eres rara».
El comentario podría parecer superficial o casual; sin embargo, si lo pensamos un poco, podríamos notar que las personas que no son arquitectos no ven a la ciudad como la podría ver un arquitecto. Es decir, la ciudad, la arquitectura y el diseño de alguna manera son invisibles para las personas. Esto es muy importante y, si somos serios, debería invitarnos a preguntarnos sobre el problema ontológico del diseño. Para explicarlo mejor, expondré uno de los ejemplos que suelo usar en las clases para demostrar que el funcionalismo como pensamiento ideal ha muerto.
El ejemplo trata del diseño de una silla, una silla que es pensada con el soporte de un conjunto de conocimientos como la antropometría, ergonomía, resistencia de materiales e incluso de las tendencias de diseño del momento. Con todo este saber, el diseñador produce una silla ideal, la cual debe cuidar desde nuestra columna vertebral hasta nuestro estilo de vida. En este punto, sería difícil que alguien deslegitimará el diseño de la silla: si el diseñador fue cuidadoso, entonces la silla responde a todas las categorías de las que percibe el subgrupo de los diseñadores. Sin embargo, si pensamos en el comentario inicial, podríamos deducir que muchas de las personas que usan sillas no perciben todos estos rasgos antropométricos, ergonométricos, resistencia de materiales y demás. De hecho, si ustedes pudieran analizar el primer lugar que encuentren con personas sentadas en una silla, o si pensamos en nosotros mismos al usar una silla, nos daremos cuenta de que nadie, absolutamente nadie, usa las sillas de forma perfectamente ajustada al concepto ideal del diseñador. Así, cada persona se sienta en la silla como quiere, sin tener en cuenta todo lo que conlleva dicho uso.
Esto nos hacer pensar que de la misma manera en que una persona no percibe los rasgos técnicos de una silla, así también, un diseñador no percibe que las personas no usan las cosas de la forma ideal con la que las esbozó. En otras palabras, la silla también es invisible para el diseñador. Esto nos pone frente al problema ontológico del diseño, donde por un lado las personas se relacionan con el espacio y con los objetos de diseño, sin ver los valores de diseño; y, por otro lado, tenemos a los diseñadores que diseñan solamente pensando en los valores intrínsecos del diseño.
De todo esto podríamos deducir que efectivamente diseñadores, arquitectos y otros profesionales del rubro estamos atrapados exclusivamente en los procesos de diseño, procesos que justifican y legitiman el objeto arquitectónico desde el mismo sistema de valores en el cual fueron creados. En otras palabras, somos víctimas de un procesocentrismo.
Para explicarlo mejor, me gustaría que imaginaran un caso hipotético donde una persona, a quien llamaremos sujeto A, está enamorada de otra persona, a quien llamaremos sujeto B. La pregunta concreta es si el sujeto B siente lo mismo por el sujeto A. En este caso hipotético, la analogía sería que el arquitecto es el sujeto A y el usuario el sujeto B, y donde el arquitecto se pregunta por la necesidad de espacio del usuario. Dicho esto, y establecida la analogía, lo que sucede con el problema del procesocentrismo es que el mismo se valida desde sus propias creencias; esto es como si el sujeto A, al querer saber si el sujeto B lo ama, se inventara él mismo un sistema de valores, como tomar una flor y quitarle pétalo a pétalo diciendo me quiere, no me quiere, y esperando que el último pétalo le dé la respuesta sobre si el sujeto B lo ama o no. Es claro que este sistema de valores es ridículo, dado que está establecido solamente por el sistema de valoración del sujeto A; un sistema que él mismo instauró y desde donde se hace las preguntas.
De esta manera, cuando el arquitecto diseña basado exclusivamente en los procesos de diseño y con el único fin de dar respuesta a dichos procesos, está siendo víctima del procesocentrismo, y así la arquitectura de la realidad también se hace invisible para el arquitecto. Es aquí donde nos encontramos frente al problema ontológico del diseño. Entendemos problema ontológico (Heidegger, 2008) como la incapacidad de conocer el ser en cuanto al ser, es decir, estamos limitados a aproximarnos a la realidad desde los modelos que generamos. Pero estos modelos, y el conocimiento en general, no son más que una versión limitada de la realidad.
En este contexto, el problema ontológico del diseño consiste ya no en nuestra incapacidad natural de conocer la realidad, sino en la postura ingenua en la cual el arquitecto o el diseñador piensan que aquello que conocen de la realidad es real. Es aquí donde reside el verdadero problema filosófico del problema ontológico del diseño. En el fondo, el problema no es exclusivamente ontológico, y así la segunda pregunta filosófica debería de ser de dónde salieron estos procesos. Esto nos lleva a preguntas epistemológicas (Bunge, 1980) sobre los procesos que usamos y en los que creemos ciegamente: ¿quién estableció estos procesos?, ¿cuál fue su intención al establecerlos? y, sobre todo, ¿seguirán siendo legítimos estos procesos en nuestro contexto actual?
Desde la perspectiva de la pregunta epistemológica, y desde la tesis del procesocentrismo, es necesario detenernos un poco y preguntarnos de dónde surgieron los procesos que usamos. Por ello debemos preguntar ¿qué fin tenían?, ¿qué justifica que sigan siendo válidos?, ¿quién se pregunta por su validez?, o es que acaso nadie los analiza de manera profunda y epistemológica para su validación con el contexto actual. Regresando a nuestra analogía, cuando el sujeto A le pregunta al azar de los pétalos de una flor si la otra persona lo quiere o no lo quiere, en el fondo, este sujeto tampoco está mirando la realidad del amor y en lugar de ello se limita a ver su forma de medición. En consecuencia, si estos dos sujetos nunca hablan en la vida real, por ende el verdadero y posible amor son invisibles para ambos.
En este sentido, el procesocentrismo es una trampa intelectual que atrapa al diseñador en las tentaciones objetivas y concretas de los procesos de diseño, impidiendo que el diseñador se enfrente de manera legítima a la vida real. En términos filosóficos, podríamos decir que el diseño es como proceso unívoco, mientras que el habitar es equívoco; aunque en realidad el fenómeno de habitar es análogo, es decir, sí que existe una dosis de objetividad en el diseño. La presente tesis no intenta lanzar a los diseñadores al caos subjetivista, sino solamente exponer que la idea unívoca del diseño es limitativa, y de alguna manera nos aleja de ver con claridad el fin último del diseño, el cual no debería de ser cumplir únicamente con un proceso.
Y he aquí donde el pensamiento equívoco tiene sentido o, en otras palabras, pensar el diseño como resultado de algo más complejo que una simple idea. El diseño debería ser el espacio teórico donde se revelan las complicaciones de la realidad, una realidad que en principio es imposible de capturar, y de la cual, además, tenemos prejuicios que nos hacen no ver la esencia del hecho en sí; este es en esencia el problema ontológico y epistemológico del diseño. Con todo ello, el pensar análogo, como una base que media entre lo unívoco y lo equívoco, parece ser lo más razonable.
Si esto es cierto, entonces la pregunta sobre el diseño es existencial, dado que esa base análoga solamente la podría proporcionar el sujeto mismo. Por ello, si queremos saber qué es lo que requiere un sujeto, más allá de lo que los procesos idealistas nos dicen y más allá de la liberación subjetiva de los prejuicios sobre sus necesidades, entonces, lo único que nos queda es preguntarnos qué es el sujeto, si existe tal sujeto, e incluso, antes de llegar a la esencia del ser, deberíamos preguntarnos por la validez de la existencia del diseño; en otras palabras, preguntarnos si realmente es necesario el diseño, si realmente tiene sentido que el diseño busque mejorar las vidas de las personas o si el diseño es una cosa superficial sin ningún impacto trascendental.
Tenemos que encauzarnos en esta crisis existencial si queremos entender, o mejor, si queremos iniciar a ver eso que de momento parece invisible a nuestros ojos intelectuales. Por ejemplo, tendríamos que preguntarnos la causa por la cual, cuando un diseñador piensa una silla, no ve intelectualmente todo el caos e imposibilidad de control del fenómeno silla, pues solamente cree en la idea de la silla. Por el contrario, podría ser que la idea silla fuera un error, ya que el diseñador no profundiza, pues tiene esta fe ciega en lo dicho, en lo concreto en lo objetivo, en lo fácil.
En otros momentos históricos, hemos tenido grandes referencias de diseño que han sorprendido e impactado trascendentalmente en la forma en la que vivimos. Sin hacer una aproximación histórica, ya que ahora quedaría fuera del eje del discurso, podríamos decir que muchos de estos cambios fueron soluciones a problemas reales. En estos casos históricos, como la rueda, el arco, la catenaria, y un largo número de ejemplos, son soluciones de diseño que trascendieron a los ideales convencionales de la normalidad (Foucault, 1978), puesto que fueron diseños radicales, diseños que transgredieron las normas y que sin duda rompieron todos los procesos.
Si estas premisas son válidas, entonces el diseño debería existir fuera del proceso. El diseño natural, el legítimo, ese diseño que transforma debería de ser libre, radical, el producto de una necesidad natural por transformar la realidad y la forma en la que vivimos, y no de las necesidades. Las necesidades son una norma unívoca y por tanto una postura limitada y pobre para crear de verdad. El diseño debería abandonar la imposibilidad equivoca intentando explorar la realidad más allá de las ideas, los dibujos, las técnicas y las teorías del diseño. Este diseño de la función, de las necesidades, de las certificaciones y normativas es un diseño pobre, que no logra ver la maravillosa complejidad de la realidad y que se queda atrapado en sus propios procesos.
Es en este marco intelectual en el que se expone, a manera de diálogo abierto, que, si somos honestos, se puede reconocer que en el fondo la arquitectura es invisible para los arquitectos, pues solo tenemos ojos para las ideas alrededor de eso que es arquitectura, pero que no conocemos, ya que somos creyentes ciegos de una fe sobre aquello que nos enseñaron que es arquitectura. Sin embargo, la verdad es que para poder poseer a la arquitectura, antes tenemos que saber si existe, o si es como el amor del sujeto B; y si existe, preguntarnos qué es en realidad la arquitectura; no en su definición, sino en su esencia, así como cuando nos preguntamos quiénes somos.
Partir de la existencia de la arquitectura, ya no como un área del conocimiento concreto, sino como un ser en sí. Así, si pensamos en la arquitectura como un ser y no como un concepto, tal vez sería más fácil entender que la arquitectura cambia al igual que una persona cambia en el tiempo. Por ello, la arquitectura también necesita que de vez en cuando se pregunte por su problema existencial, como es sano para una persona, autoconocerse y disfrutarse en sus múltiples versiones, según pasa el tiempo y la vida misma.
Nos gustaría imaginar que de la misma forma en que una persona que no solo conoce y cree en sí misma, sino que además es consciente de ello y de los límites que esto le representan, lo cual la convierte en una de esas personas especiales que nos hacen crecer; así sería muy interesante plantear una arquitectura consciente de sí misma y de sus limitaciones; y que a la vez nos haga ser mejores.
De esta manera, podríamos decir que la arquitectura sí puede y debería ser un factor trascendental en nuestras vidas (Sartre, 2008). Si esto es cierto, entonces, al igual que un mal profesor no solamente nos afecta por ser malo, sino que nos quita la posibilidad de uno mejor; así la mala arquitectura no solamente es mala, sino que también nos priva de la posibilidad de una buena arquitectura. Por esto, si el fin último del arquitecto no es trascender la arquitectura, más merecería que no hiciera nada, así ayudaría más.
Con todo lo dicho podemos dejar abierto un debate existencial sobre la arquitectura, y denunciamos que los arquitectos debemos estar atentos pues podríamos ser víctimas de un procesocentrismo, postura intelectual que funciona como placebo ante las inquietudes naturales que, sin duda, todo apasionado por la arquitectura tiene desde su interior. Por lo tanto, sería conveniente preguntarnos por el problema ontológico, el epistemológico, y, sobre todo, sería conveniente enfrentar el problema existencial de la arquitectura. Todo ello con la intención de conocerla en profundidad, pero también con la intención y fin último de buscar trascenderla, pues una arquitectura legitimada por los procesos es más peligrosa que una mala arquitectura, porque la mala puede ser denunciada, pero la validada por los procesos, si no busca la trascendencia, en el fondo quita el lugar a la posibilidad de trascender.
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- Bunge, M. (1980). Epistemología: curso de actualización. Barcelona: Siglo XXI.
- Foucault, M. (1978). Vigilar y castigar. Barcelona: Siglo XXI.
- Grossmann, R. (2007). La existencia del Mundo. Madrid: Tecnos.
- Heidegger, M. (2008). Ontología: hermenéutica de la facticidad. Madrid: Alianza Editorial.
- Husserl, E. (1982). La idea de la fenomenología. México: Fondo de Cultura Económica.
- Sartre, J.-P. (2008). El ser y la nada: ensayo de ontología fenomenológica. Buenos Aires: Losada.
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